Un nuevo día despuntaba en el horizonte. Sin embargo, la persiana de su habitación conseguía aislarle del mundo exterior, mientras la alarma del teléfono movil sonaba. La dejó hacer, pues la suave melodía de "Londinium" no invitaba precisamente a levantarse. Tampoco es que fuese una nana, pero para su gusto, era la primera señal de que el día que comenzaba no iba a pasar a la historia. A su historia. Por eso, apretó el botón que la desactivaba, a tientas, y se arrebujó bajo el edredón nórdico. Nadie iba a notar la diferencia entre quedarse allí un par de horas más o no, y probablemente él tampoco la iba a notar. No era más que otro puto día.
Pero no consiguió volver a dormirse, y al cabo de un rato pensó que quizá era mejor levantarse que quedarse pensando. Se vistió rápidamente y se acercó a la cocina. Le habían dejado algo de café, así es que se dispuso a calentarlo mientras encendía la tele. El canal 24 horas retransmitía de nuevo el primer telenoticias de la mañana, sin novedad. La misma mierda de cada día, punto por punto, pero con diferente nombre, salteado aquí y allá con la patética manipulación con la que intentaban convencerles de que había motivos de esperanza y las cosas no eran todas malas. Cuando tienes los sentidos saturados de tanta basura, es dificil no caer en la tentación de cerrar los ojos y taparte las orejas, aunque sea por un rato. Eso es lo que hizo, poniendo una vacua comedia televisiva que había visto cientos de veces mientras se bebía el café.
Fregó su taza al terminar y volvió a su habitación. Y ahora, ¿qué?. Casi inconscientemente comenzó la rutina diaria de encender el ordenador y entrar en el mundo digital, donde estaba su otra mitad, ese alter-ego de comunicación e información que sin embargo no dejaba de decirle quién era. Tras las usuales verificaciones de correos y demás parafernalia, decidió, en un esfuerzo fuera de lo habitual, centrarse en la revisión de ofertas de trabajo. Una tras otra fueron pasando por delante de sus ojos, con descripciones y requisitos. Todo textos vacíos, llenos de formalidad y de mentiras. Mientras los leía, no dejaba de imaginarse a sí mismo formando parte de aquel mundo impersonal de las altas corporaciones. Poniendo su intelecto, su cuerpo y su alma al servicio de imprecisos valores tales como rendimiento, competitividad, productividad. Grandes torres, enormes oficinas llenas de gente encorbatada, con logos y eslóganes por doquier, con cantinas a 11€ el menú diario, con jefes aparcando el mercedes en plazas de garaje subterraneas. Un mundo gris, de paredes grises, de personas grises, en el que su vida cada vez se encogía más mientras la rutina y el atontamiento lo mataban lentamente. Y lo peor es que ni siquiera creía que fuese lo suficientemente bueno como para dejarse ahogar en ese ambiente.
Una fuerte opresión le crecía en el pecho y le dificultaba el respirar. Apartó la vista de la pantalla y la posó en la ventana, dejando la mente en blanco. Fuera, el sol iluminaba el cielo, devolviendole un poco de paz interior. ¿Quién era? ¿Adonde iba? ¿Qué quería? Las mismas eternas preguntas que no hacían sino anclarle al sórdido presente y que le impedían avanzar hacia ningún futuro. Pensó en su patética situación actual, pero no se autocompadeció. No tenía razones para hacerlo, no había sufrido nunca ninguna penuria ni ahora tampoco. Solo constató, como tantas otras veces, que este no era su lugar en el mundo. O quizá lo que sucedía es que su lugar en el mundo era estar perennemente perdido y nunca encajando. Tanto daba.
Al lado del ordenador, seguía descansando la carta que había llegado hacía menos de una semana. La leyó una vez más, ya perdida la cuenta, pero no encontró ninguna respuesta nueva en su interior. La carta le invitaba a dejarlo todo atrás, a romper con muchas cosas y no volver la vista. No prometía nada, solo traía incertidumbre a cambio de lo que exigía, pero incluso eso ya era algo diferente, tentador a la vez que amargo... lo cual le hacía sentir cada vez más débil y miserable.
Con un arrebato de rabia rompió el papel en mil pedazos, y arrancó el monitor del ordenador de su mesa y lo lanzó contra la pared, donde estuvo dandole patadas con todas sus fuerzas hasta que, exhausto, comprobó que solo quedaba un amasijo de plásticos y metales retorcidos. Entonces bajó de nuevo la persiana y se metió en la cama.
1 comentario:
Hay ciertos momentos en la vida en la que una espiral nos arrastra hacia lugares que, muy tarde descubrimos, nos hacen mierda.
Catarsis, esa palabra que no puedo decir ya con el respeto que merece este vocablo, gracias a un puto graciosete al que pagan por entretener al espectador de basket que en realidad no gusta de dicho deporte. Catarsis pues, un punto de inflexión que desencadena una serie de acciones trascendentales que te devuelven la pasión, la vida, la fuerza.
Quizá haya otras maneras, mas yo lo desconozco, por ahora.
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