domingo, 26 de mayo de 2013

Das leben der andere (I)

El traqueteo del autobús sobre la desierta autopista que cruzaba de norte a sur el país hacía que el sueño no terminara de llegarme. Aunque si era sincera conmigo misma, quizá no fuera solo eso lo que me impedía dormir. Gracias al gitano que no había dejado de hablarme durante varias horas antes de que se bajase en Viena, había conseguido que no pensase. En general. No tenía porqué ser en él, o en mi situación. Simplemente, no pensar. Y a pesar de lo poco que me gustaban los gitanos, a ese tenía que agradecerle la perorata. Aunque no pensaba reconocerlo en ninguna parte.

Tenía miedo, para qué iba a negarlo. Miedo de mis sentimientos, miedo de mis anhelos, de mí misma. Miedo de lo que iba a sentir al verle de nuevo, miedo a perder la cabeza y echar a perder lo que me había costado tanto construir. Tantos meses de depresión, de situaciones jodidas, con el cancer de mi madre, con el imbécil de su novio tratandome como si fuera el demonio y la causa de todos los males de ella. Con mi abuela echandome en cara cada paso que daba. Con la ruptura con mi ex-novio, y su posterior desaparición sin dejar rastro. Ese novio fiel que me había esperado, mientras yo dormía en la misma cama que él...

No se lo merecía, mi ex-novio. E hice cuanto pude, que no fué poco. Pero me resultó muy dificil. Enormemente dificil. Una batalla interna como nunca me había sucedido por culpa de él. Ni siquiera era guapo, ni tenía un cuerpazo. Demasiado pálido, especialmente para el país de donde venía. Y no hablaba el idioma bien. Si lo pensaba a fondo, no había nada en lo que realmente destacase, en lo que una chica pudiera fijarse, y menos yo. Y sin embargo era todo, el conjunto, o yo que sé, que lo hacía muy atractivo, que hacía que no fuera yo y a la vez fuera yo más que nunca. Que me hacía sentir más agusto que nadie antes. Que conseguía que me comportase de una forma que jamás hubiera imaginado.

Pero aquello terminó, la magia se rompió y volví a la realidad. Y ahora mi realidad tenía a otro chico, uno que me ayudaba, que me estaba ayudando, a salir de toda la mierda en la que me había visto envuelta desde que volví. Y sin embargo había aceptado ir, había comprado los billetes, y ahora me dirigía al encuentro de él. ¿Por qué? ¿Por qué leches estaba haciendo esto? ¿Por qué hacía caso de ese subconsciente que no hacía más que joderme y que deseaba verle tan desesperadamente? ¿Es que era tonta perdida?

Le pregunté al conductor una vez más. Ya estabamos tomando la salida de la autopista, en 10 minutos llegaríamos a la estación de autobuses. Eran más de las dos de la madrugada, pero sabía que vendrían a buscarme, no tenía duda de ello, así es que no era eso lo que me provocaba la ansiedad. En menos de 10 minutos le vería, y por más que intentaba calmarme, que me decía que dejara de comportarme así de infantilmente, no podía.

Los semáforos en ambar y las calles vacías de la ciudad permitían que el autobús callejeara a grán velocidad hacia el destino. Al final, al fondo de un gran boulevard, se vislumbraban las luces de la estación. Tras cubrir la distancia en un abrir y cerrar de ojos, el autobús maniobró y finalmente se detuvo en el andén. Yo me lancé a la puerta, antes de que el resto de somniolentos pasajeros se desperezase totalmente, y fuí la primera en bajarme. Recorrí con la mirada la parada, hasta que les reconocí, al fondo, y corrí a saludarles. Mi decepción fué mayúscula cuando llegué. No estaba. Me explicaron que no había podido quedarse hasta tan tarde, porque no dormía en el mismo sitio que nosotros. Que nos veríamos mañana. Traté de poner buena cara, de hacer como que no me importaba, que me daba igual, y con ella recogí mi maleta y les seguí. Ya en la casa, traté de conciliar el sueño. Mañana...