lunes, 12 de agosto de 2013

Das Leben der andere (II)

Morning sounds woke me up quite early. Despite my nerves, I was so exhausted that I fell asleep as soon as my head touched the pillow, but my sleep was not good and I felt weary. The first glance on the mirror of the bathroom showed me a face hardly recognizable as me. I looked awful, gaunt and sleepy, with two marked bags under my eyes and my hair all messy, but it was ok. Nothing a good shower couldn't cure. When I finished, the others were already waking up and packing their stuff. The plan was first to go for a walk around a beautiful lake and then to hike up to a mountain. Actually I couldn't care less about what the plan was. Anything was fine for me as long as he was taking part on it. We were going to meet in the parking lot close to the lake, so I hurried up preparing my bag and having breakfast. The sooner the better.

We were there right in time. The others were asking me things and talking on the way, but I didn't participate much, sunk in my own thoughts about how the meeting was going to be. The last time I wasn't very friendly with him, neither was I in the previous one. Somehow, he had the ability to upset me with every second word he said, always making jokes about serious stuff, for instance my country or my city. The problem is, I can't just walk away and ignore him, and trust me, I've tried.
These thoughts made me angry. If I wasn't friendly with him last time was just his fault, and I shouldn't been feeling guilty about it. So I decided to put a sulking face, but it didn't matter, because they were late and weren't there, and I couldn't hide my disappointment. I had to control myself, or my friends would start to suspect, so I just tried to conceal my anguish and look cool, joining the conversation while keeping an eye on the road.

After some minutes that seemed ages, the blue car appeared over the entrance and moved towards us, and there he was, in the copilot seat, wearing sunglasses. They parked besides us and stepped out of the car, greeting all the others. I went there, waiting for my turn, trying to shut unsuccessfully my usual crooked smile. And there it was, the moment I dreamed with, he in front of me. He looked totally different. His hair was shorter, tough as entangled as ever. His skin wasn't anymore pale, but tanned. He was, definitely, looking better than ever. And then, suddenly, he hugged me, and that was exactly as I remembered, the best hug I ever got. However, when I was closing my eyes to enjoy it as much as possible, he just moved away, quickly and unexpectedly. Was he still mad at me for the last encounters? Or was it just that I was behaving silly and he didn't have anymore those stupid feelings like the ones arousing inside me? I had to remind myself that I had no heart. I was being stupid, lowering my shields and letting the emotions fill me. Of course he wasn't feeling a thing. And neither should I, so from there onwards I was going to be more careful, and again, anger started to wash over me, tough if t was against me or him, I couldn't tell.

domingo, 26 de mayo de 2013

Das leben der andere (I)

El traqueteo del autobús sobre la desierta autopista que cruzaba de norte a sur el país hacía que el sueño no terminara de llegarme. Aunque si era sincera conmigo misma, quizá no fuera solo eso lo que me impedía dormir. Gracias al gitano que no había dejado de hablarme durante varias horas antes de que se bajase en Viena, había conseguido que no pensase. En general. No tenía porqué ser en él, o en mi situación. Simplemente, no pensar. Y a pesar de lo poco que me gustaban los gitanos, a ese tenía que agradecerle la perorata. Aunque no pensaba reconocerlo en ninguna parte.

Tenía miedo, para qué iba a negarlo. Miedo de mis sentimientos, miedo de mis anhelos, de mí misma. Miedo de lo que iba a sentir al verle de nuevo, miedo a perder la cabeza y echar a perder lo que me había costado tanto construir. Tantos meses de depresión, de situaciones jodidas, con el cancer de mi madre, con el imbécil de su novio tratandome como si fuera el demonio y la causa de todos los males de ella. Con mi abuela echandome en cara cada paso que daba. Con la ruptura con mi ex-novio, y su posterior desaparición sin dejar rastro. Ese novio fiel que me había esperado, mientras yo dormía en la misma cama que él...

No se lo merecía, mi ex-novio. E hice cuanto pude, que no fué poco. Pero me resultó muy dificil. Enormemente dificil. Una batalla interna como nunca me había sucedido por culpa de él. Ni siquiera era guapo, ni tenía un cuerpazo. Demasiado pálido, especialmente para el país de donde venía. Y no hablaba el idioma bien. Si lo pensaba a fondo, no había nada en lo que realmente destacase, en lo que una chica pudiera fijarse, y menos yo. Y sin embargo era todo, el conjunto, o yo que sé, que lo hacía muy atractivo, que hacía que no fuera yo y a la vez fuera yo más que nunca. Que me hacía sentir más agusto que nadie antes. Que conseguía que me comportase de una forma que jamás hubiera imaginado.

Pero aquello terminó, la magia se rompió y volví a la realidad. Y ahora mi realidad tenía a otro chico, uno que me ayudaba, que me estaba ayudando, a salir de toda la mierda en la que me había visto envuelta desde que volví. Y sin embargo había aceptado ir, había comprado los billetes, y ahora me dirigía al encuentro de él. ¿Por qué? ¿Por qué leches estaba haciendo esto? ¿Por qué hacía caso de ese subconsciente que no hacía más que joderme y que deseaba verle tan desesperadamente? ¿Es que era tonta perdida?

Le pregunté al conductor una vez más. Ya estabamos tomando la salida de la autopista, en 10 minutos llegaríamos a la estación de autobuses. Eran más de las dos de la madrugada, pero sabía que vendrían a buscarme, no tenía duda de ello, así es que no era eso lo que me provocaba la ansiedad. En menos de 10 minutos le vería, y por más que intentaba calmarme, que me decía que dejara de comportarme así de infantilmente, no podía.

Los semáforos en ambar y las calles vacías de la ciudad permitían que el autobús callejeara a grán velocidad hacia el destino. Al final, al fondo de un gran boulevard, se vislumbraban las luces de la estación. Tras cubrir la distancia en un abrir y cerrar de ojos, el autobús maniobró y finalmente se detuvo en el andén. Yo me lancé a la puerta, antes de que el resto de somniolentos pasajeros se desperezase totalmente, y fuí la primera en bajarme. Recorrí con la mirada la parada, hasta que les reconocí, al fondo, y corrí a saludarles. Mi decepción fué mayúscula cuando llegué. No estaba. Me explicaron que no había podido quedarse hasta tan tarde, porque no dormía en el mismo sitio que nosotros. Que nos veríamos mañana. Traté de poner buena cara, de hacer como que no me importaba, que me daba igual, y con ella recogí mi maleta y les seguí. Ya en la casa, traté de conciliar el sueño. Mañana...

miércoles, 27 de febrero de 2013

O children

Al doblar la esquina, un viento frio le azotó en la cara y le alborotó todo el pelo. Soltó un taco y se arrebujó más en su abrigo mientras esquivaba al resto de viandantes, a los que no dejaba de mirar con fastidio. No solo porque le entorpecieran el avance y con ello se helara de frio. Era más por descargar en alguien el enfado que sentía. Esta iba a ser la primera visita a un psicólogo de su vida, y la idea no le agradaba en absoluto, pero en realidad sabía que el enfado era consigo mismo. Sabía que quien le había enviado lo hacía porque le quería. Sabía que debía sentirse halagado. Y sabía, lo cual era lo peor de todo, que su comportamiento de los últimos tiempos justificaba esta decisión. Pero ser consciente de todo ello no le hacía más feliz, porque no quería cejar en su actividad. Por ello, por su poca predisposición a colaborar, y por saberse encima consciente de la realidad, pensaba que esto no era más que una pérdida de tiempo. Tiempo que podría estar aprovechando de otro modo. En otro sitio. En otra realidad diferente.



Lift up your voice, lift up your voice


Durante algún tiempo pensó en ello. Mientras crecía no hubo problemas, o al menos, nunca cayó tan profundamente, nunca llegó tan lejos, nunca se convenció. Solo eran episodios aislados. Pero a partir de un momento dado, no recordaba cuando, fué hundiendose irremediablemente, despacio pero sin pausa. Y aunque sabía que tenía cierto parecido con el famoso Don Quijote, se rebelaba ante esa idea. Él no estaba loco, para empezar. Querer vivir tu vida de una manera un tanto especial no te convertía en un loco. Y después, la idea no era la misma. Don Quijote se acabó creyendo un personaje de los libros que leía con tanta avidez. Esto era diferente.



rejoice, rejoice



Comenzó a llover, ligeramente al principio pero cada vez con más fuerza. A la tenue luz del crepúsculo, las farolas de las calles y las luces de los coches proyectaban sombras grises en la cara de la gente. ¿Por qué había sucedido todo? No lo sabía. Aburrimiento, probablemente. Una alarmante falta de realización personal, seguro. Carencia de emociones que dieran sentido a lo que ya llamaba su "vieja" vida. Una situación de depresión global, de derrota, de desesperanza, desconfianza y desfallecimiento. Hastío y sentirse abrumado por el mundo, por los sucesos, las malas noticias. Por el dolor. Pero ahora, aunque amargo a veces, tenía una nueva vida. Muchas. Nuevas realidades, nuevas emociones, en la vida de otros. En los libros.


Hey little train! We are all jumping on
The train that goes to the Kingdom
We're happy, Ma, we're having fun
And the train ain't even left the station



Su percepción ya había cambiado incluso. Se sentía como en la película "Inception". Solo que la vida real era su sueño, algo que sucedía porque era necesario para subsistir. Trabajar, comer, comprar, realizar pequeñas interacciones sociales, dormir... incluso ya las hacía de buen grado, sabiendo que al finalizarlas podría sumergirse de nuevo en el libro que estuviera leyendo en ese momento, donde de verdad sucedían cosas, donde podía sentir, emocionarse, llorar o sonreir. Como estar enamorado, pasar de la realidad con una beatífica sonrisa y la cabeza en otra parte, anhelando volver.



Hey, little train! Wait for me!
I once was blind but now I see
Have you left a seat for me?
Is that such a stretch of the imagination?


Salió de la avenida principal y enfiló la oscura calle que figuraba en el papel con la cita. Los viejos edificios, muchos con ventanas tapiadas, y la suciedad que se amontonaba en las esquinas le daban a la escena un fuerte aire de decadencia. Llegaba pronto, pero cada paso que daba le costaba más. Cada paso le alejaba de Rubén Bevilacqua; de Mikael Blomkvist; de Daniel Sanpere; de Katherine y Mireille; de Julian y Dick; de Kirtash; de Wilt; de Melanie Stryder; de Paul Atreides; de Alice; de Aragorn; de Farag Boswell; de Harry, y de tantos y tantos otros. Sintió la angustia subiendole por la garganta. No quería dejarlo. No tenía por qué. No iba a hacerlo.


Hey little train! Wait for me!
I was held in chains but now I'm free
I'm hanging in there, don't you see
In this process of elimination

Hey little train! We are all jumping on
The train that goes to the Kingdom
We're happy, Ma, we're having fun
It's beyond my wildest expectation

Hey little train! We are all jumping on
The train that goes to the Kingdom
We're happy, Ma, we're having fun
And the train ain't even left the station

lunes, 28 de enero de 2013

...

Un nuevo día despuntaba en el horizonte. Sin embargo, la persiana de su habitación conseguía aislarle del mundo exterior, mientras la alarma del teléfono movil sonaba. La dejó hacer, pues la suave melodía de "Londinium" no invitaba precisamente a levantarse. Tampoco es que fuese una nana, pero para su gusto, era la primera señal de que el día que comenzaba no iba a pasar a la historia. A su historia. Por eso, apretó el botón que la desactivaba, a tientas, y se arrebujó bajo el edredón nórdico. Nadie iba a notar la diferencia entre quedarse allí un par de horas más o no, y probablemente él tampoco la iba a notar. No era más que otro puto día.

Pero no consiguió volver a dormirse, y al cabo de un rato pensó que quizá era mejor levantarse que quedarse pensando. Se vistió rápidamente y se acercó a la cocina. Le habían dejado algo de café, así es que se dispuso a calentarlo mientras encendía la tele. El canal 24 horas retransmitía de nuevo el primer telenoticias de la mañana, sin novedad. La misma mierda de cada día, punto por punto, pero con diferente nombre, salteado aquí y allá con la patética manipulación con la que intentaban convencerles de que había motivos de esperanza y las cosas no eran todas malas. Cuando tienes los sentidos saturados de tanta basura, es dificil no caer en la tentación de cerrar los ojos y taparte las orejas, aunque sea por un rato. Eso es lo que hizo, poniendo una vacua comedia televisiva que había visto cientos de veces mientras se bebía el café.

Fregó su taza al terminar y volvió a su habitación. Y ahora, ¿qué?. Casi inconscientemente comenzó la rutina diaria de encender el ordenador y entrar en el mundo digital, donde estaba su otra mitad, ese alter-ego de comunicación e información que sin embargo no dejaba de decirle quién era. Tras las usuales verificaciones de correos y demás parafernalia, decidió, en un esfuerzo fuera de lo habitual, centrarse en la revisión de ofertas de trabajo. Una tras otra fueron pasando por delante de sus ojos, con descripciones y requisitos. Todo textos vacíos, llenos de formalidad y de mentiras. Mientras los leía, no dejaba de imaginarse a sí mismo formando parte de aquel mundo impersonal de las altas corporaciones. Poniendo su intelecto, su cuerpo y su alma al servicio de imprecisos valores tales como rendimiento, competitividad, productividad. Grandes torres, enormes oficinas llenas de gente encorbatada, con logos y eslóganes por doquier, con cantinas a 11€ el menú diario, con jefes aparcando el mercedes en plazas de garaje subterraneas. Un mundo gris, de paredes grises, de personas grises, en el que su vida cada vez se encogía más mientras la rutina y el atontamiento lo mataban lentamente. Y lo peor es que ni siquiera creía que fuese lo suficientemente bueno como para dejarse ahogar en ese ambiente.

Una fuerte opresión le crecía en el pecho y le dificultaba el respirar. Apartó la vista de la pantalla y la posó en la ventana, dejando la mente en blanco. Fuera, el sol iluminaba el cielo, devolviendole un poco de paz interior. ¿Quién era? ¿Adonde iba? ¿Qué quería? Las mismas eternas preguntas que no hacían sino anclarle al sórdido presente y que le impedían avanzar hacia ningún futuro. Pensó en su patética situación actual, pero no se autocompadeció. No tenía razones para hacerlo, no había sufrido nunca ninguna penuria ni ahora tampoco. Solo constató, como tantas otras veces, que este no era su lugar en el mundo. O quizá lo que sucedía es que su lugar en el mundo era estar perennemente perdido y nunca encajando. Tanto daba.

Al lado del ordenador, seguía descansando la carta que había llegado hacía menos de una semana. La leyó una vez más, ya perdida la cuenta, pero no encontró ninguna respuesta nueva en su interior. La carta le invitaba a dejarlo todo atrás, a romper con muchas cosas y no volver la vista. No prometía nada, solo traía incertidumbre a cambio de lo que exigía, pero incluso eso ya era algo diferente, tentador a la vez que amargo... lo cual le hacía sentir cada vez más débil y miserable.

Con un arrebato de rabia rompió el papel en mil pedazos, y arrancó el monitor del ordenador de su mesa y lo lanzó contra la pared, donde estuvo dandole patadas con todas sus fuerzas hasta que, exhausto, comprobó que solo quedaba un amasijo de plásticos y metales retorcidos. Entonces bajó de nuevo la persiana y se metió en la cama.