sábado, 13 de octubre de 2012

I Want

You know what? I usually know nothing about what I want. Even some people, "friends", told me that I have no standards at all, a huge lack of criteria. Apparently it is something wrong for the society, to not be sure about everything. But I know some things I want. I want to live on my own, I want to have my friends close, I want to find the girl that is able to make me behave like a fool. I want to live in an unpolluted city, I want to have the chance to go to the places riding my bike and I want to play basket more often and I want to know the way to do all these things and I want people to stop boasting about how they got all they have and telling me how do I feel or what should I do.

Fed to the teeth with this shit.

jueves, 12 de julio de 2012

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Se fijó en el monitor con el título de "Departures". Allí, muy abajo, aparecía la hora de salida de su vuelo, sin puerta de embarque asignada. Le quedaban 5 horas de espera en aquella minúscula terminal (Liszt Ferenc 1) sin libro ni más distracción que el reproductor de mp3 con la batería baja. Pero no le importó. Mejor eso que volver a los suburbios de Budapest y tener que enfrentarse a ella. No sabía bien qué es lo que había ocurrido exactamente, pero sí era plenamente consciente de que la situación se había deteriorado tanto como para provocar su marcha, esa huida hacia delante en la que ahora se veía envuelto, con billete solo de ida. Por un momento temió (O quizás deseó) que le siguiera los pasos y se presentara allí, pero pronto lo descartó. No era tan estúpido, por enamorado que hubiera estado, como para creer en los cuentos de hadas, en que una acción inesperada solucionara meses de problemas y sinsabores. Y estaba seguro de que ella deseaba librarse de él lo antes posible.

Mientras esperaba, observó la típica escena de despedida de una pareja frente al control de seguridad, con beso y lágrimas incluidos. No los envidió, pero sí se encontró buceando en sus recuerdos, y se preguntó por qué él no había tenido nunca una despedida así, intensa, triste y definitiva, que al menos dejara un poso de felicidad en la memoria, y no de amargura. Bueno, técnicamente la tuvo, cuando aquella chica de nombre impronunciable decidió volver a su tierra, y él se quedó en el andén, viendola por última vez en la ventanilla de un tren ultramoderno. Pero luego vinieron meses de llamadas, mensajes electrónicos y demás que desembocaron en momentos desagradables al final.

Con su primera pareja tuvo una ruptura tranquila y cordial, asimilando sin demora la idoneidad de resolverlo así ya que era obvio que ninguno de los dos estaba ya disfrutando. Pero después las cosas se enredaron, y tras tanto tiempo lo que tenía claro es que se torcieron como nunca lo habría creido posible, como para no ser capaz de reconocerla en la persona que era ahora...

Se empezaba a aburrir, y decidió que lo mejor iba a ser pasar ya el control de seguridad y acercarse a las puertas de embarque. Así podría entretenerse viendo los aviones llegar, y se aseguraría definitivamente que nadie pudiera perseguirle. Pero no contó con el reducido tamaño del edificio y por tanto con la presencia de la guarda de seguridad a la entrada de la cola. Con un inglés tosco, le comunicó enfadada que todavía faltaban 4 horas para su vuelo, y que si quería ver aviones se fuera a la terraza. Alentado por esa perspectiva, buscó el emplazamiento y lo encontró donde le habían indicado. El calor reinante contrastaba con la climatización interior, pero sin embargo allí era donde más gente había de toda la terminal. En ese momento, rugían los motores de un enorme Boeing 777 de Air India acelerando por la pista principal.

Se quedó mirando como se alejaba y penso en una noche loca donde el alcohol y la alegría de la fiesta le hicieron caer sin reparos en los brazos de esa chica de Bombay, tan exótica como poco conocida. No es que tuviera nada que reprocharse porque por entonces ya no había nada entre él y su ex-compañera de piso, la chica que más estúpido y miserable le había hecho sentir, pero una profunda sensación de vergüenza se apoderó de él a la mañana siguiente cuando las vió a las dos, tanta como para ignorar a la desconcertada India. Ahora se daba cuenta de que una vez más, había actuado como un estúpido por culpa de la otra.

Cuando ya no pudo aguantar el calor, ni a un húngaro borracho que se obcecaba en hablarle a pesar de que le había dejado claro que él no le entendía, volvió a entrar en la terminal y bajó al restaurante-cafetería, si es que así se le podía llamar. La categoría la tenía más en los precios que en las comidas, y viendo los escasos forints que le quedaban, optó por rebajar bastante la escala culinaria y adquirir un bocadillo con pinta de plástico y sabor a plástico. Al menos la camarera si hablaba buen inglés, aunque con acento ruso, y eso le entristeció.

Hacía ya algunos años que había perdido el contacto con la rusa, y se la imaginaba ya felizmente casada, como siempre había ella soñado. La razón exacta que le había llevado a él a alejarse, aterrorizado de tener que comprometerse con una mujer con la que, ahora se daba cuenta, tenía más en común que con ninguna otra. Más que por miedo al compromiso, por miedo a ceder sus principios, por ese afán de rechazar las ataduras para ser siempre coherente y honesto, y nunca tener que eludir la responsabilidad. En resumidas cuentas, por no tener confianza en si mismo. Y ella nunca le perdonó su cobardía, como así quedó patente en posteriores encuentros, hasta que el odio dio paso a una indiferencia total que aún dolía.

Estaba claro que la casualidad no había formado parte de todos estos acontecimientos, pero no dejaba de asombrarle esa capacidad para conseguir que con personajes y situaciones tan diferentes, él se las arreglara siempre para arruinar cualquier atisbo de final en condiciones, que dejara solo lo bueno sin que lo malo viniera también a atormentarlo. Y desde luego, no pensaba que la vicisitud en que se encontraba ahora fuera a acabar de manera diferente.

La tarde empezaba a declinar y los vuelos en la pantalla delante del suyo iban desapareciendo hasta que la puerta de embarque quedó anunciada. Dandolo como un argumento válido para sortear a la malhumorada guardiana, atravesó el control de seguridad donde un simpático segurata le hizo tirar a la basura la mitad del avituallamiento que llevaba para el camino. A pesar de estar acostumbrado, le hizo reafirmarse en su odio por los aeropuertos y sus incomodidades. Mientras preparaba en la cola el pasaporte y la tarjeta de embarque, se dijo que pronto tendría una razón más para odiarlos, pues en uno había conocido a su, hasta hacía pocas horas, actual pareja.

Todavía se acordaba de cuando la vió entrar en el shuttle que les llevaría al avión, jadeando tras haber llegado corriendo pero 10 minutos tarde a la puerta de embarque. El resto de pasajeros le echaron miradas furibundas, pero él en lo único que pensaba era en si tendría la suerte de tenerla cerca en el avión. Los asientos sin numerar de aquella aerolínea de mala muerte le podrían dar la oportunidad de intentar forzar la casualidad de buscar un sitio próximo, pero las prisas de la tripulación por el retraso hicieron que la perdiera de vista en la escalera, así es que se dejó caer en un asiento libre con ventanilla (Que era lo que más le gustaba) y se resignó. Sin embargo, poco después una voz le interpeló "Excuse me, may I sit here?", siendo, evidentemente, ella. No pudo ni creer en su suerte por esa vez.

Cuanto tiempo hacía ya de eso. Esta vez, la aerolínea no iba a ser mucho mejor, pero viendo la enorme cola del embarque, al menos se alegró de que los asientos si estuvieran numerados. La ventanilla estaba garantizada.

A pesar de haber estado en la puerta con tiempo de sobra, fué uno de los últimos en entrar en la cabina. Nunca había entendido esas prisas que le entran a la gente, que se ponían a la cola con mucho tiempo de adelanto, aún sabiendo que se iban a sentar en el mismo sitio, consignado en su billete. Pero cuando verificó por segunda vez que era el 17A el que figuraba en el suyo, se preguntó si no había subestimado a todas esas personas sentadas desde hacía rato, al encontrarse con que su asiento ya estaba ocupado. Otro listo que reservando tarde, iba a tratar de cambiar su asiento central, que estaba vacío, al de ventanilla. Pero no iba a colar. "Excuse me, I'm afraid you are on my seat". Sin embargo la mirada que recibió por respuesta, tan conocida y a la vez tan diferente, le hizo constatar cuanto le quedaba por aprender de la vida. 

"No, I'm not. That is your seat, beside me, where you belong. With me."


jueves, 10 de mayo de 2012

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El intenso fuego que inundaba el cielo del ocaso ayudó un poco a calmar su atribulada alma. Siempre le habían gustado esos atardeceres en los que el sol, huyendo tras las montañas, dejaba una estela de color mientras debajo las luces de la ciudad saludaban a la noche. Observarlo era reconfortante y a la vez triste, por ser consciente de su fugacidad. Esta vez, quizá, no había sido uno cualquiera. Sabía que la había cagado, y esta vez el error no se iba a poder enmendar. En realidad hacía ya mucho que sabía lo que iba a pasar, que habría un antes y un después, pero no pudo ni por un instante sobreponerse a la corriente que lo llevaba sin remedio a este desenlace. Creía que una vez que pasara, al menos la angustia y desasosiego que llevaban consumiendole meses desaparecerían dejandole tranquilo, pero no contaba con el pudor, la vergüenza, con esa intensa sensación de ridículo que se le había instalado en el pecho y con la que tendría que vivir en el futuro. Quizá era eso lo que inconscientemente le había hecho retrasarlo, ese miedo estúpido e irracional, y ahora ya no valían lamentos porque no había marcha atrás.

Pero lo peor era pensar en lo que podría ser su existencia de ahí en adelante. Habría caminos, seguro, pero en ese momento de ofuscación los veía todos cerrados. En ese momento solo deseaba no estar allí, no ser él, sino estar muy lejos, con una vida diferente donde con error o sin él pudiera sentir que de verdad controlaba su vida sin tener que explicarse con nadie ni ver sus caras decepcionadas y acusatorias de nuevo.

Para cuando la negrura de la noche lo envolvió, ya tenía claro que no habría ninguna otra. Respiró profundamente, vaciando su mente de cualquier cosa que no fuera lo que tenía que hacer y se levantó del borde del precipicio. En el coche, en el asiento del pasajero, seguía la 9 milímetros parabellum, fria y despiadada, como testigo mudo de todo lo que no había hecho. La cogió y la arrojó con rabia contenida hacia el abismo, una rabia sobre todo contra si mismo y contra su debilidad. Después arrancó el coche y volvió a la carretera, donde sus luces se perdieron en el horizonte para jamás regresar.

viernes, 13 de abril de 2012

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Era un edificio raro. Para acceder al aulario, había que cruzar todo el hall de entrada, subir un piso, y volver a salir a la calle, en la fachada opuesta, allí donde todos los fumadores se reunían en comunidad a destruir de sus pulmones lo que el aire viciado de la ciudad todavía no había conseguido matar. Les ignoré y dirigí mis pasos hacia la puerta de entrada, donde, sin embargo, no pude ignorar esa cabellera color pelirrojo pálido. Torcí el gesto, mas me había visto y no tenía otra opción que ser educado y subir a su lado los dos tramos de escaleras sin mostrar mi desagrado. Al menos, no demasiado. Pero al doblar la esquina tras el último escalón, oí algo a mi espalda que lo cambió todo. O no cambió nada, pues día tras día se repetía aquel "Hola, ¡Buenos días!" que tanto me gustaba. Me giré y allí estaba, apoyada en aquel mapa del mundo descolorido que colgaba de la pared desde hacía 30 años. Sonriendo como siempre y mirandome como nunca. Entonces supe que esta vez no podría contenerme, que mi cuerpo no iba a responder a las órdenes que mi estúpida mente ni siquiera creo que llegara a formular. Dejé de escuchar a mi némesis pelirrojo, dejé de ver el mundo a mi alrededor y sin ser consciente de ello en un momento recorrí la distancia que me separaba de ella, sintiendo un rubor que se extendía desde los dedos de los piés por todo el cuerpo. Aún con la sorpresa dibujada en su rostro, dejó que entrelazara mis manos con las suyas mientras la empujaba contra la pared con el cuerpo, fundidos en un beso largo y apasionado, que decía todo aquello que la voz había callado durante demasiado. Sabía que no estabamos solos, sentía las miradas en mi espalda, pero nada de eso importaba ya, una vez que todos los miedos, las dudas, las inseguridades, habían desaparecido engullidas por esa fuerza que me impulsaba a actuar. Mi única preocupación era que ese beso no se acabase nunca, flotar para siempre en ese limbo de felicidad pura sin destilar, porque sabía que si se terminaba la realidad volvería a golpearme con sórdida crudeza...


"Hey! will you be looking that map the whole evening? The class is about to start."

"Ew.., sorry. I'm coming".

jueves, 8 de marzo de 2012

La edad

Dicen, que la angustia en cada persona es libre, pero creo que la más común a todos es la certeza de la finitud del tiempo que se nos ha concedido. Y esa consciencia es un lastre que todos acarreamos, que a veces logramos, parcialmente, olvidar o sobrepasar, pero a la que ante ciertos acontecimientos acabamos volviendo a recaer. Cumpleaños. Un aniversario. Un hecho trágico o traumático. Una mirada al pasado. Un cambio de vida. Eventos que te mueven a las clásicas preguntas: Dónde estoy, qué he hecho o conseguido, hacia donde voy... en qué he gastado mi tiempo.

Sin embargo hay otras certezas que también llegan con los años. Cosas que sospechabas ocurrirían pero nunca te atreviste a asegurar. Viejos sueños infantiles ya en su día irrealizables pero que era bonito tener y que llegado cierto momento es cuando ya te das cuenta con cruel certeza que nunca serán. Y no es el hecho de que fueras a intentar conseguirlos. Es el hecho de constatar que ya no puedes optar a ellos. Que se te ha "pasado el arroz".

A mí ya se me ocurren unos cuantos, especialmente los relativos a las capacidades físicas y deportivas. Y otros que vendrán en el futuro.

domingo, 19 de febrero de 2012

Vuelta

Pensaba que el blog, al igual que otras cosas de mi vida, había quedado atrás simplemente por el inevitable paso del tiempo y de las etapas, porque nuestra vida cambia y nosotros con ella. Sin embargo me he sorprendido hoy pensando en él, y aunque me ha costado un poco encontrarlo, aquí estoy escribiendo. Mi presunción es que nadie va a leer esto, dado que ahora las redes sociales han captado nuestra atención como nunca antes, pero no me importa. Hoy quería escribir algo, aunque sea alguna tontería, porque escribir libera un poco y porque aunque suene narcisista, alguna vez me gusta releer lo que he escrito en el pasado, porque me ayuda a recordar lo que pensaba y hacía en ciertos momentos de la historia. Igual que el facebook, solo que esto lo controlo yo.


Acabo de ver el cuarto capítulo de Californication. Simplemente porque ya lo tenía descargado, porque en realidad la serie me ha parecido patética desde el primer momento. Pero este episodio, sin duda sin esas intenciones en sus creadores, me ha hecho reflexionar una vez más sobre mis ideas acerca del mundo, y en especial acerca de una de ellas, y reafirmarme en mis convicciones, de las cuales he estado dudando en los últimos tiempos. Así es que vuelvo a creer en la rectitud de ser honesto contigo mismo y si en algo sabes lo que quieres, se fiel a ello.


Ya veremos lo que me dura, pero al menos algo es seguro: Veré, al menos, el quinto episodio. Hasta el tio me empieza a caer bien.