lunes, 12 de agosto de 2013

Das Leben der andere (II)

Morning sounds woke me up quite early. Despite my nerves, I was so exhausted that I fell asleep as soon as my head touched the pillow, but my sleep was not good and I felt weary. The first glance on the mirror of the bathroom showed me a face hardly recognizable as me. I looked awful, gaunt and sleepy, with two marked bags under my eyes and my hair all messy, but it was ok. Nothing a good shower couldn't cure. When I finished, the others were already waking up and packing their stuff. The plan was first to go for a walk around a beautiful lake and then to hike up to a mountain. Actually I couldn't care less about what the plan was. Anything was fine for me as long as he was taking part on it. We were going to meet in the parking lot close to the lake, so I hurried up preparing my bag and having breakfast. The sooner the better.

We were there right in time. The others were asking me things and talking on the way, but I didn't participate much, sunk in my own thoughts about how the meeting was going to be. The last time I wasn't very friendly with him, neither was I in the previous one. Somehow, he had the ability to upset me with every second word he said, always making jokes about serious stuff, for instance my country or my city. The problem is, I can't just walk away and ignore him, and trust me, I've tried.
These thoughts made me angry. If I wasn't friendly with him last time was just his fault, and I shouldn't been feeling guilty about it. So I decided to put a sulking face, but it didn't matter, because they were late and weren't there, and I couldn't hide my disappointment. I had to control myself, or my friends would start to suspect, so I just tried to conceal my anguish and look cool, joining the conversation while keeping an eye on the road.

After some minutes that seemed ages, the blue car appeared over the entrance and moved towards us, and there he was, in the copilot seat, wearing sunglasses. They parked besides us and stepped out of the car, greeting all the others. I went there, waiting for my turn, trying to shut unsuccessfully my usual crooked smile. And there it was, the moment I dreamed with, he in front of me. He looked totally different. His hair was shorter, tough as entangled as ever. His skin wasn't anymore pale, but tanned. He was, definitely, looking better than ever. And then, suddenly, he hugged me, and that was exactly as I remembered, the best hug I ever got. However, when I was closing my eyes to enjoy it as much as possible, he just moved away, quickly and unexpectedly. Was he still mad at me for the last encounters? Or was it just that I was behaving silly and he didn't have anymore those stupid feelings like the ones arousing inside me? I had to remind myself that I had no heart. I was being stupid, lowering my shields and letting the emotions fill me. Of course he wasn't feeling a thing. And neither should I, so from there onwards I was going to be more careful, and again, anger started to wash over me, tough if t was against me or him, I couldn't tell.

domingo, 26 de mayo de 2013

Das leben der andere (I)

El traqueteo del autobús sobre la desierta autopista que cruzaba de norte a sur el país hacía que el sueño no terminara de llegarme. Aunque si era sincera conmigo misma, quizá no fuera solo eso lo que me impedía dormir. Gracias al gitano que no había dejado de hablarme durante varias horas antes de que se bajase en Viena, había conseguido que no pensase. En general. No tenía porqué ser en él, o en mi situación. Simplemente, no pensar. Y a pesar de lo poco que me gustaban los gitanos, a ese tenía que agradecerle la perorata. Aunque no pensaba reconocerlo en ninguna parte.

Tenía miedo, para qué iba a negarlo. Miedo de mis sentimientos, miedo de mis anhelos, de mí misma. Miedo de lo que iba a sentir al verle de nuevo, miedo a perder la cabeza y echar a perder lo que me había costado tanto construir. Tantos meses de depresión, de situaciones jodidas, con el cancer de mi madre, con el imbécil de su novio tratandome como si fuera el demonio y la causa de todos los males de ella. Con mi abuela echandome en cara cada paso que daba. Con la ruptura con mi ex-novio, y su posterior desaparición sin dejar rastro. Ese novio fiel que me había esperado, mientras yo dormía en la misma cama que él...

No se lo merecía, mi ex-novio. E hice cuanto pude, que no fué poco. Pero me resultó muy dificil. Enormemente dificil. Una batalla interna como nunca me había sucedido por culpa de él. Ni siquiera era guapo, ni tenía un cuerpazo. Demasiado pálido, especialmente para el país de donde venía. Y no hablaba el idioma bien. Si lo pensaba a fondo, no había nada en lo que realmente destacase, en lo que una chica pudiera fijarse, y menos yo. Y sin embargo era todo, el conjunto, o yo que sé, que lo hacía muy atractivo, que hacía que no fuera yo y a la vez fuera yo más que nunca. Que me hacía sentir más agusto que nadie antes. Que conseguía que me comportase de una forma que jamás hubiera imaginado.

Pero aquello terminó, la magia se rompió y volví a la realidad. Y ahora mi realidad tenía a otro chico, uno que me ayudaba, que me estaba ayudando, a salir de toda la mierda en la que me había visto envuelta desde que volví. Y sin embargo había aceptado ir, había comprado los billetes, y ahora me dirigía al encuentro de él. ¿Por qué? ¿Por qué leches estaba haciendo esto? ¿Por qué hacía caso de ese subconsciente que no hacía más que joderme y que deseaba verle tan desesperadamente? ¿Es que era tonta perdida?

Le pregunté al conductor una vez más. Ya estabamos tomando la salida de la autopista, en 10 minutos llegaríamos a la estación de autobuses. Eran más de las dos de la madrugada, pero sabía que vendrían a buscarme, no tenía duda de ello, así es que no era eso lo que me provocaba la ansiedad. En menos de 10 minutos le vería, y por más que intentaba calmarme, que me decía que dejara de comportarme así de infantilmente, no podía.

Los semáforos en ambar y las calles vacías de la ciudad permitían que el autobús callejeara a grán velocidad hacia el destino. Al final, al fondo de un gran boulevard, se vislumbraban las luces de la estación. Tras cubrir la distancia en un abrir y cerrar de ojos, el autobús maniobró y finalmente se detuvo en el andén. Yo me lancé a la puerta, antes de que el resto de somniolentos pasajeros se desperezase totalmente, y fuí la primera en bajarme. Recorrí con la mirada la parada, hasta que les reconocí, al fondo, y corrí a saludarles. Mi decepción fué mayúscula cuando llegué. No estaba. Me explicaron que no había podido quedarse hasta tan tarde, porque no dormía en el mismo sitio que nosotros. Que nos veríamos mañana. Traté de poner buena cara, de hacer como que no me importaba, que me daba igual, y con ella recogí mi maleta y les seguí. Ya en la casa, traté de conciliar el sueño. Mañana...

miércoles, 27 de febrero de 2013

O children

Al doblar la esquina, un viento frio le azotó en la cara y le alborotó todo el pelo. Soltó un taco y se arrebujó más en su abrigo mientras esquivaba al resto de viandantes, a los que no dejaba de mirar con fastidio. No solo porque le entorpecieran el avance y con ello se helara de frio. Era más por descargar en alguien el enfado que sentía. Esta iba a ser la primera visita a un psicólogo de su vida, y la idea no le agradaba en absoluto, pero en realidad sabía que el enfado era consigo mismo. Sabía que quien le había enviado lo hacía porque le quería. Sabía que debía sentirse halagado. Y sabía, lo cual era lo peor de todo, que su comportamiento de los últimos tiempos justificaba esta decisión. Pero ser consciente de todo ello no le hacía más feliz, porque no quería cejar en su actividad. Por ello, por su poca predisposición a colaborar, y por saberse encima consciente de la realidad, pensaba que esto no era más que una pérdida de tiempo. Tiempo que podría estar aprovechando de otro modo. En otro sitio. En otra realidad diferente.



Lift up your voice, lift up your voice


Durante algún tiempo pensó en ello. Mientras crecía no hubo problemas, o al menos, nunca cayó tan profundamente, nunca llegó tan lejos, nunca se convenció. Solo eran episodios aislados. Pero a partir de un momento dado, no recordaba cuando, fué hundiendose irremediablemente, despacio pero sin pausa. Y aunque sabía que tenía cierto parecido con el famoso Don Quijote, se rebelaba ante esa idea. Él no estaba loco, para empezar. Querer vivir tu vida de una manera un tanto especial no te convertía en un loco. Y después, la idea no era la misma. Don Quijote se acabó creyendo un personaje de los libros que leía con tanta avidez. Esto era diferente.



rejoice, rejoice



Comenzó a llover, ligeramente al principio pero cada vez con más fuerza. A la tenue luz del crepúsculo, las farolas de las calles y las luces de los coches proyectaban sombras grises en la cara de la gente. ¿Por qué había sucedido todo? No lo sabía. Aburrimiento, probablemente. Una alarmante falta de realización personal, seguro. Carencia de emociones que dieran sentido a lo que ya llamaba su "vieja" vida. Una situación de depresión global, de derrota, de desesperanza, desconfianza y desfallecimiento. Hastío y sentirse abrumado por el mundo, por los sucesos, las malas noticias. Por el dolor. Pero ahora, aunque amargo a veces, tenía una nueva vida. Muchas. Nuevas realidades, nuevas emociones, en la vida de otros. En los libros.


Hey little train! We are all jumping on
The train that goes to the Kingdom
We're happy, Ma, we're having fun
And the train ain't even left the station



Su percepción ya había cambiado incluso. Se sentía como en la película "Inception". Solo que la vida real era su sueño, algo que sucedía porque era necesario para subsistir. Trabajar, comer, comprar, realizar pequeñas interacciones sociales, dormir... incluso ya las hacía de buen grado, sabiendo que al finalizarlas podría sumergirse de nuevo en el libro que estuviera leyendo en ese momento, donde de verdad sucedían cosas, donde podía sentir, emocionarse, llorar o sonreir. Como estar enamorado, pasar de la realidad con una beatífica sonrisa y la cabeza en otra parte, anhelando volver.



Hey, little train! Wait for me!
I once was blind but now I see
Have you left a seat for me?
Is that such a stretch of the imagination?


Salió de la avenida principal y enfiló la oscura calle que figuraba en el papel con la cita. Los viejos edificios, muchos con ventanas tapiadas, y la suciedad que se amontonaba en las esquinas le daban a la escena un fuerte aire de decadencia. Llegaba pronto, pero cada paso que daba le costaba más. Cada paso le alejaba de Rubén Bevilacqua; de Mikael Blomkvist; de Daniel Sanpere; de Katherine y Mireille; de Julian y Dick; de Kirtash; de Wilt; de Melanie Stryder; de Paul Atreides; de Alice; de Aragorn; de Farag Boswell; de Harry, y de tantos y tantos otros. Sintió la angustia subiendole por la garganta. No quería dejarlo. No tenía por qué. No iba a hacerlo.


Hey little train! Wait for me!
I was held in chains but now I'm free
I'm hanging in there, don't you see
In this process of elimination

Hey little train! We are all jumping on
The train that goes to the Kingdom
We're happy, Ma, we're having fun
It's beyond my wildest expectation

Hey little train! We are all jumping on
The train that goes to the Kingdom
We're happy, Ma, we're having fun
And the train ain't even left the station

lunes, 28 de enero de 2013

...

Un nuevo día despuntaba en el horizonte. Sin embargo, la persiana de su habitación conseguía aislarle del mundo exterior, mientras la alarma del teléfono movil sonaba. La dejó hacer, pues la suave melodía de "Londinium" no invitaba precisamente a levantarse. Tampoco es que fuese una nana, pero para su gusto, era la primera señal de que el día que comenzaba no iba a pasar a la historia. A su historia. Por eso, apretó el botón que la desactivaba, a tientas, y se arrebujó bajo el edredón nórdico. Nadie iba a notar la diferencia entre quedarse allí un par de horas más o no, y probablemente él tampoco la iba a notar. No era más que otro puto día.

Pero no consiguió volver a dormirse, y al cabo de un rato pensó que quizá era mejor levantarse que quedarse pensando. Se vistió rápidamente y se acercó a la cocina. Le habían dejado algo de café, así es que se dispuso a calentarlo mientras encendía la tele. El canal 24 horas retransmitía de nuevo el primer telenoticias de la mañana, sin novedad. La misma mierda de cada día, punto por punto, pero con diferente nombre, salteado aquí y allá con la patética manipulación con la que intentaban convencerles de que había motivos de esperanza y las cosas no eran todas malas. Cuando tienes los sentidos saturados de tanta basura, es dificil no caer en la tentación de cerrar los ojos y taparte las orejas, aunque sea por un rato. Eso es lo que hizo, poniendo una vacua comedia televisiva que había visto cientos de veces mientras se bebía el café.

Fregó su taza al terminar y volvió a su habitación. Y ahora, ¿qué?. Casi inconscientemente comenzó la rutina diaria de encender el ordenador y entrar en el mundo digital, donde estaba su otra mitad, ese alter-ego de comunicación e información que sin embargo no dejaba de decirle quién era. Tras las usuales verificaciones de correos y demás parafernalia, decidió, en un esfuerzo fuera de lo habitual, centrarse en la revisión de ofertas de trabajo. Una tras otra fueron pasando por delante de sus ojos, con descripciones y requisitos. Todo textos vacíos, llenos de formalidad y de mentiras. Mientras los leía, no dejaba de imaginarse a sí mismo formando parte de aquel mundo impersonal de las altas corporaciones. Poniendo su intelecto, su cuerpo y su alma al servicio de imprecisos valores tales como rendimiento, competitividad, productividad. Grandes torres, enormes oficinas llenas de gente encorbatada, con logos y eslóganes por doquier, con cantinas a 11€ el menú diario, con jefes aparcando el mercedes en plazas de garaje subterraneas. Un mundo gris, de paredes grises, de personas grises, en el que su vida cada vez se encogía más mientras la rutina y el atontamiento lo mataban lentamente. Y lo peor es que ni siquiera creía que fuese lo suficientemente bueno como para dejarse ahogar en ese ambiente.

Una fuerte opresión le crecía en el pecho y le dificultaba el respirar. Apartó la vista de la pantalla y la posó en la ventana, dejando la mente en blanco. Fuera, el sol iluminaba el cielo, devolviendole un poco de paz interior. ¿Quién era? ¿Adonde iba? ¿Qué quería? Las mismas eternas preguntas que no hacían sino anclarle al sórdido presente y que le impedían avanzar hacia ningún futuro. Pensó en su patética situación actual, pero no se autocompadeció. No tenía razones para hacerlo, no había sufrido nunca ninguna penuria ni ahora tampoco. Solo constató, como tantas otras veces, que este no era su lugar en el mundo. O quizá lo que sucedía es que su lugar en el mundo era estar perennemente perdido y nunca encajando. Tanto daba.

Al lado del ordenador, seguía descansando la carta que había llegado hacía menos de una semana. La leyó una vez más, ya perdida la cuenta, pero no encontró ninguna respuesta nueva en su interior. La carta le invitaba a dejarlo todo atrás, a romper con muchas cosas y no volver la vista. No prometía nada, solo traía incertidumbre a cambio de lo que exigía, pero incluso eso ya era algo diferente, tentador a la vez que amargo... lo cual le hacía sentir cada vez más débil y miserable.

Con un arrebato de rabia rompió el papel en mil pedazos, y arrancó el monitor del ordenador de su mesa y lo lanzó contra la pared, donde estuvo dandole patadas con todas sus fuerzas hasta que, exhausto, comprobó que solo quedaba un amasijo de plásticos y metales retorcidos. Entonces bajó de nuevo la persiana y se metió en la cama.

sábado, 13 de octubre de 2012

I Want

You know what? I usually know nothing about what I want. Even some people, "friends", told me that I have no standards at all, a huge lack of criteria. Apparently it is something wrong for the society, to not be sure about everything. But I know some things I want. I want to live on my own, I want to have my friends close, I want to find the girl that is able to make me behave like a fool. I want to live in an unpolluted city, I want to have the chance to go to the places riding my bike and I want to play basket more often and I want to know the way to do all these things and I want people to stop boasting about how they got all they have and telling me how do I feel or what should I do.

Fed to the teeth with this shit.

jueves, 12 de julio de 2012

...

Se fijó en el monitor con el título de "Departures". Allí, muy abajo, aparecía la hora de salida de su vuelo, sin puerta de embarque asignada. Le quedaban 5 horas de espera en aquella minúscula terminal (Liszt Ferenc 1) sin libro ni más distracción que el reproductor de mp3 con la batería baja. Pero no le importó. Mejor eso que volver a los suburbios de Budapest y tener que enfrentarse a ella. No sabía bien qué es lo que había ocurrido exactamente, pero sí era plenamente consciente de que la situación se había deteriorado tanto como para provocar su marcha, esa huida hacia delante en la que ahora se veía envuelto, con billete solo de ida. Por un momento temió (O quizás deseó) que le siguiera los pasos y se presentara allí, pero pronto lo descartó. No era tan estúpido, por enamorado que hubiera estado, como para creer en los cuentos de hadas, en que una acción inesperada solucionara meses de problemas y sinsabores. Y estaba seguro de que ella deseaba librarse de él lo antes posible.

Mientras esperaba, observó la típica escena de despedida de una pareja frente al control de seguridad, con beso y lágrimas incluidos. No los envidió, pero sí se encontró buceando en sus recuerdos, y se preguntó por qué él no había tenido nunca una despedida así, intensa, triste y definitiva, que al menos dejara un poso de felicidad en la memoria, y no de amargura. Bueno, técnicamente la tuvo, cuando aquella chica de nombre impronunciable decidió volver a su tierra, y él se quedó en el andén, viendola por última vez en la ventanilla de un tren ultramoderno. Pero luego vinieron meses de llamadas, mensajes electrónicos y demás que desembocaron en momentos desagradables al final.

Con su primera pareja tuvo una ruptura tranquila y cordial, asimilando sin demora la idoneidad de resolverlo así ya que era obvio que ninguno de los dos estaba ya disfrutando. Pero después las cosas se enredaron, y tras tanto tiempo lo que tenía claro es que se torcieron como nunca lo habría creido posible, como para no ser capaz de reconocerla en la persona que era ahora...

Se empezaba a aburrir, y decidió que lo mejor iba a ser pasar ya el control de seguridad y acercarse a las puertas de embarque. Así podría entretenerse viendo los aviones llegar, y se aseguraría definitivamente que nadie pudiera perseguirle. Pero no contó con el reducido tamaño del edificio y por tanto con la presencia de la guarda de seguridad a la entrada de la cola. Con un inglés tosco, le comunicó enfadada que todavía faltaban 4 horas para su vuelo, y que si quería ver aviones se fuera a la terraza. Alentado por esa perspectiva, buscó el emplazamiento y lo encontró donde le habían indicado. El calor reinante contrastaba con la climatización interior, pero sin embargo allí era donde más gente había de toda la terminal. En ese momento, rugían los motores de un enorme Boeing 777 de Air India acelerando por la pista principal.

Se quedó mirando como se alejaba y penso en una noche loca donde el alcohol y la alegría de la fiesta le hicieron caer sin reparos en los brazos de esa chica de Bombay, tan exótica como poco conocida. No es que tuviera nada que reprocharse porque por entonces ya no había nada entre él y su ex-compañera de piso, la chica que más estúpido y miserable le había hecho sentir, pero una profunda sensación de vergüenza se apoderó de él a la mañana siguiente cuando las vió a las dos, tanta como para ignorar a la desconcertada India. Ahora se daba cuenta de que una vez más, había actuado como un estúpido por culpa de la otra.

Cuando ya no pudo aguantar el calor, ni a un húngaro borracho que se obcecaba en hablarle a pesar de que le había dejado claro que él no le entendía, volvió a entrar en la terminal y bajó al restaurante-cafetería, si es que así se le podía llamar. La categoría la tenía más en los precios que en las comidas, y viendo los escasos forints que le quedaban, optó por rebajar bastante la escala culinaria y adquirir un bocadillo con pinta de plástico y sabor a plástico. Al menos la camarera si hablaba buen inglés, aunque con acento ruso, y eso le entristeció.

Hacía ya algunos años que había perdido el contacto con la rusa, y se la imaginaba ya felizmente casada, como siempre había ella soñado. La razón exacta que le había llevado a él a alejarse, aterrorizado de tener que comprometerse con una mujer con la que, ahora se daba cuenta, tenía más en común que con ninguna otra. Más que por miedo al compromiso, por miedo a ceder sus principios, por ese afán de rechazar las ataduras para ser siempre coherente y honesto, y nunca tener que eludir la responsabilidad. En resumidas cuentas, por no tener confianza en si mismo. Y ella nunca le perdonó su cobardía, como así quedó patente en posteriores encuentros, hasta que el odio dio paso a una indiferencia total que aún dolía.

Estaba claro que la casualidad no había formado parte de todos estos acontecimientos, pero no dejaba de asombrarle esa capacidad para conseguir que con personajes y situaciones tan diferentes, él se las arreglara siempre para arruinar cualquier atisbo de final en condiciones, que dejara solo lo bueno sin que lo malo viniera también a atormentarlo. Y desde luego, no pensaba que la vicisitud en que se encontraba ahora fuera a acabar de manera diferente.

La tarde empezaba a declinar y los vuelos en la pantalla delante del suyo iban desapareciendo hasta que la puerta de embarque quedó anunciada. Dandolo como un argumento válido para sortear a la malhumorada guardiana, atravesó el control de seguridad donde un simpático segurata le hizo tirar a la basura la mitad del avituallamiento que llevaba para el camino. A pesar de estar acostumbrado, le hizo reafirmarse en su odio por los aeropuertos y sus incomodidades. Mientras preparaba en la cola el pasaporte y la tarjeta de embarque, se dijo que pronto tendría una razón más para odiarlos, pues en uno había conocido a su, hasta hacía pocas horas, actual pareja.

Todavía se acordaba de cuando la vió entrar en el shuttle que les llevaría al avión, jadeando tras haber llegado corriendo pero 10 minutos tarde a la puerta de embarque. El resto de pasajeros le echaron miradas furibundas, pero él en lo único que pensaba era en si tendría la suerte de tenerla cerca en el avión. Los asientos sin numerar de aquella aerolínea de mala muerte le podrían dar la oportunidad de intentar forzar la casualidad de buscar un sitio próximo, pero las prisas de la tripulación por el retraso hicieron que la perdiera de vista en la escalera, así es que se dejó caer en un asiento libre con ventanilla (Que era lo que más le gustaba) y se resignó. Sin embargo, poco después una voz le interpeló "Excuse me, may I sit here?", siendo, evidentemente, ella. No pudo ni creer en su suerte por esa vez.

Cuanto tiempo hacía ya de eso. Esta vez, la aerolínea no iba a ser mucho mejor, pero viendo la enorme cola del embarque, al menos se alegró de que los asientos si estuvieran numerados. La ventanilla estaba garantizada.

A pesar de haber estado en la puerta con tiempo de sobra, fué uno de los últimos en entrar en la cabina. Nunca había entendido esas prisas que le entran a la gente, que se ponían a la cola con mucho tiempo de adelanto, aún sabiendo que se iban a sentar en el mismo sitio, consignado en su billete. Pero cuando verificó por segunda vez que era el 17A el que figuraba en el suyo, se preguntó si no había subestimado a todas esas personas sentadas desde hacía rato, al encontrarse con que su asiento ya estaba ocupado. Otro listo que reservando tarde, iba a tratar de cambiar su asiento central, que estaba vacío, al de ventanilla. Pero no iba a colar. "Excuse me, I'm afraid you are on my seat". Sin embargo la mirada que recibió por respuesta, tan conocida y a la vez tan diferente, le hizo constatar cuanto le quedaba por aprender de la vida. 

"No, I'm not. That is your seat, beside me, where you belong. With me."


jueves, 10 de mayo de 2012

...

El intenso fuego que inundaba el cielo del ocaso ayudó un poco a calmar su atribulada alma. Siempre le habían gustado esos atardeceres en los que el sol, huyendo tras las montañas, dejaba una estela de color mientras debajo las luces de la ciudad saludaban a la noche. Observarlo era reconfortante y a la vez triste, por ser consciente de su fugacidad. Esta vez, quizá, no había sido uno cualquiera. Sabía que la había cagado, y esta vez el error no se iba a poder enmendar. En realidad hacía ya mucho que sabía lo que iba a pasar, que habría un antes y un después, pero no pudo ni por un instante sobreponerse a la corriente que lo llevaba sin remedio a este desenlace. Creía que una vez que pasara, al menos la angustia y desasosiego que llevaban consumiendole meses desaparecerían dejandole tranquilo, pero no contaba con el pudor, la vergüenza, con esa intensa sensación de ridículo que se le había instalado en el pecho y con la que tendría que vivir en el futuro. Quizá era eso lo que inconscientemente le había hecho retrasarlo, ese miedo estúpido e irracional, y ahora ya no valían lamentos porque no había marcha atrás.

Pero lo peor era pensar en lo que podría ser su existencia de ahí en adelante. Habría caminos, seguro, pero en ese momento de ofuscación los veía todos cerrados. En ese momento solo deseaba no estar allí, no ser él, sino estar muy lejos, con una vida diferente donde con error o sin él pudiera sentir que de verdad controlaba su vida sin tener que explicarse con nadie ni ver sus caras decepcionadas y acusatorias de nuevo.

Para cuando la negrura de la noche lo envolvió, ya tenía claro que no habría ninguna otra. Respiró profundamente, vaciando su mente de cualquier cosa que no fuera lo que tenía que hacer y se levantó del borde del precipicio. En el coche, en el asiento del pasajero, seguía la 9 milímetros parabellum, fria y despiadada, como testigo mudo de todo lo que no había hecho. La cogió y la arrojó con rabia contenida hacia el abismo, una rabia sobre todo contra si mismo y contra su debilidad. Después arrancó el coche y volvió a la carretera, donde sus luces se perdieron en el horizonte para jamás regresar.