Se fijó en el monitor con el título de "Departures". Allí, muy abajo, aparecía la hora de salida de su vuelo, sin puerta de embarque asignada. Le quedaban 5 horas de espera en aquella minúscula terminal (Liszt Ferenc 1) sin libro ni más distracción que el reproductor de mp3 con la batería baja. Pero no le importó. Mejor eso que volver a los suburbios de Budapest y tener que enfrentarse a ella. No sabía bien qué es lo que había ocurrido exactamente, pero sí era plenamente consciente de que la situación se había deteriorado tanto como para provocar su marcha, esa huida hacia delante en la que ahora se veía envuelto, con billete solo de ida. Por un momento temió (O quizás deseó) que le siguiera los pasos y se presentara allí, pero pronto lo descartó. No era tan estúpido, por enamorado que hubiera estado, como para creer en los cuentos de hadas, en que una acción inesperada solucionara meses de problemas y sinsabores. Y estaba seguro de que ella deseaba librarse de él lo antes posible.
Mientras esperaba, observó la típica escena de despedida de una pareja frente al control de seguridad, con beso y lágrimas incluidos. No los envidió, pero sí se encontró buceando en sus recuerdos, y se preguntó por qué él no había tenido nunca una despedida así, intensa, triste y definitiva, que al menos dejara un poso de felicidad en la memoria, y no de amargura. Bueno, técnicamente la tuvo, cuando aquella chica de nombre impronunciable decidió volver a su tierra, y él se quedó en el andén, viendola por última vez en la ventanilla de un tren ultramoderno. Pero luego vinieron meses de llamadas, mensajes electrónicos y demás que desembocaron en momentos desagradables al final.
Con su primera pareja tuvo una ruptura tranquila y cordial, asimilando sin demora la idoneidad de resolverlo así ya que era obvio que ninguno de los dos estaba ya disfrutando. Pero después las cosas se enredaron, y tras tanto tiempo lo que tenía claro es que se torcieron como nunca lo habría creido posible, como para no ser capaz de reconocerla en la persona que era ahora...
Se empezaba a aburrir, y decidió que lo mejor iba a ser pasar ya el control de seguridad y acercarse a las puertas de embarque. Así podría entretenerse viendo los aviones llegar, y se aseguraría definitivamente que nadie pudiera perseguirle. Pero no contó con el reducido tamaño del edificio y por tanto con la presencia de la guarda de seguridad a la entrada de la cola. Con un inglés tosco, le comunicó enfadada que todavía faltaban 4 horas para su vuelo, y que si quería ver aviones se fuera a la terraza. Alentado por esa perspectiva, buscó el emplazamiento y lo encontró donde le habían indicado. El calor reinante contrastaba con la climatización interior, pero sin embargo allí era donde más gente había de toda la terminal. En ese momento, rugían los motores de un enorme Boeing 777 de Air India acelerando por la pista principal.
Se quedó mirando como se alejaba y penso en una noche loca donde el alcohol y la alegría de la fiesta le hicieron caer sin reparos en los brazos de esa chica de Bombay, tan exótica como poco conocida. No es que tuviera nada que reprocharse porque por entonces ya no había nada entre él y su ex-compañera de piso, la chica que más estúpido y miserable le había hecho sentir, pero una profunda sensación de vergüenza se apoderó de él a la mañana siguiente cuando las vió a las dos, tanta como para ignorar a la desconcertada India. Ahora se daba cuenta de que una vez más, había actuado como un estúpido por culpa de la otra.
Cuando ya no pudo aguantar el calor, ni a un húngaro borracho que se obcecaba en hablarle a pesar de que le había dejado claro que él no le entendía, volvió a entrar en la terminal y bajó al restaurante-cafetería, si es que así se le podía llamar. La categoría la tenía más en los precios que en las comidas, y viendo los escasos forints que le quedaban, optó por rebajar bastante la escala culinaria y adquirir un bocadillo con pinta de plástico y sabor a plástico. Al menos la camarera si hablaba buen inglés, aunque con acento ruso, y eso le entristeció.
Hacía ya algunos años que había perdido el contacto con la rusa, y se la imaginaba ya felizmente casada, como siempre había ella soñado. La razón exacta que le había llevado a él a alejarse, aterrorizado de tener que comprometerse con una mujer con la que, ahora se daba cuenta, tenía más en común que con ninguna otra. Más que por miedo al compromiso, por miedo a ceder sus principios, por ese afán de rechazar las ataduras para ser siempre coherente y honesto, y nunca tener que eludir la responsabilidad. En resumidas cuentas, por no tener confianza en si mismo. Y ella nunca le perdonó su cobardía, como así quedó patente en posteriores encuentros, hasta que el odio dio paso a una indiferencia total que aún dolía.
Estaba claro que la casualidad no había formado parte de todos estos acontecimientos, pero no dejaba de asombrarle esa capacidad para conseguir que con personajes y situaciones tan diferentes, él se las arreglara siempre para arruinar cualquier atisbo de final en condiciones, que dejara solo lo bueno sin que lo malo viniera también a atormentarlo. Y desde luego, no pensaba que la vicisitud en que se encontraba ahora fuera a acabar de manera diferente.
La tarde empezaba a declinar y los vuelos en la pantalla delante del suyo iban desapareciendo hasta que la puerta de embarque quedó anunciada. Dandolo como un argumento válido para sortear a la malhumorada guardiana, atravesó el control de seguridad donde un simpático segurata le hizo tirar a la basura la mitad del avituallamiento que llevaba para el camino. A pesar de estar acostumbrado, le hizo reafirmarse en su odio por los aeropuertos y sus incomodidades. Mientras preparaba en la cola el pasaporte y la tarjeta de embarque, se dijo que pronto tendría una razón más para odiarlos, pues en uno había conocido a su, hasta hacía pocas horas, actual pareja.
Todavía se acordaba de cuando la vió entrar en el shuttle que les llevaría al avión, jadeando tras haber llegado corriendo pero 10 minutos tarde a la puerta de embarque. El resto de pasajeros le echaron miradas furibundas, pero él en lo único que pensaba era en si tendría la suerte de tenerla cerca en el avión. Los asientos sin numerar de aquella aerolínea de mala muerte le podrían dar la oportunidad de intentar forzar la casualidad de buscar un sitio próximo, pero las prisas de la tripulación por el retraso hicieron que la perdiera de vista en la escalera, así es que se dejó caer en un asiento libre con ventanilla (Que era lo que más le gustaba) y se resignó. Sin embargo, poco después una voz le interpeló "Excuse me, may I sit here?", siendo, evidentemente, ella. No pudo ni creer en su suerte por esa vez.
Cuanto tiempo hacía ya de eso. Esta vez, la aerolínea no iba a ser mucho mejor, pero viendo la enorme cola del embarque, al menos se alegró de que los asientos si estuvieran numerados. La ventanilla estaba garantizada.
A pesar de haber estado en la puerta con tiempo de sobra, fué uno de los últimos en entrar en la cabina. Nunca había entendido esas prisas que le entran a la gente, que se ponían a la cola con mucho tiempo de adelanto, aún sabiendo que se iban a sentar en el mismo sitio, consignado en su billete. Pero cuando verificó por segunda vez que era el 17A el que figuraba en el suyo, se preguntó si no había subestimado a todas esas personas sentadas desde hacía rato, al encontrarse con que su asiento ya estaba ocupado. Otro listo que reservando tarde, iba a tratar de cambiar su asiento central, que estaba vacío, al de ventanilla. Pero no iba a colar. "Excuse me, I'm afraid you are on my seat". Sin embargo la mirada que recibió por respuesta, tan conocida y a la vez tan diferente, le hizo constatar cuanto le quedaba por aprender de la vida.
"No, I'm not. That is your seat, beside me, where you belong. With me."