El intenso fuego que inundaba el cielo del ocaso ayudó un poco a calmar su atribulada alma. Siempre le habían gustado esos atardeceres en los que el sol, huyendo tras las montañas, dejaba una estela de color mientras debajo las luces de la ciudad saludaban a la noche. Observarlo era reconfortante y a la vez triste, por ser consciente de su fugacidad. Esta vez, quizá, no había sido uno cualquiera. Sabía que la había cagado, y esta vez el error no se iba a poder enmendar. En realidad hacía ya mucho que sabía lo que iba a pasar, que habría un antes y un después, pero no pudo ni por un instante sobreponerse a la corriente que lo llevaba sin remedio a este desenlace. Creía que una vez que pasara, al menos la angustia y desasosiego que llevaban consumiendole meses desaparecerían dejandole tranquilo, pero no contaba con el pudor, la vergüenza, con esa intensa sensación de ridículo que se le había instalado en el pecho y con la que tendría que vivir en el futuro. Quizá era eso lo que inconscientemente le había hecho retrasarlo, ese miedo estúpido e irracional, y ahora ya no valían lamentos porque no había marcha atrás.
Pero lo peor era pensar en lo que podría ser su existencia de ahí en adelante. Habría caminos, seguro, pero en ese momento de ofuscación los veía todos cerrados. En ese momento solo deseaba no estar allí, no ser él, sino estar muy lejos, con una vida diferente donde con error o sin él pudiera sentir que de verdad controlaba su vida sin tener que explicarse con nadie ni ver sus caras decepcionadas y acusatorias de nuevo.
Para cuando la negrura de la noche lo envolvió, ya tenía claro que no habría ninguna otra. Respiró profundamente, vaciando su mente de cualquier cosa que no fuera lo que tenía que hacer y se levantó del borde del precipicio. En el coche, en el asiento del pasajero, seguía la 9 milímetros parabellum, fria y despiadada, como testigo mudo de todo lo que no había hecho. La cogió y la arrojó con rabia contenida hacia el abismo, una rabia sobre todo contra si mismo y contra su debilidad. Después arrancó el coche y volvió a la carretera, donde sus luces se perdieron en el horizonte para jamás regresar.